viernes, 29 de febrero de 2008

domingo, 24 de febrero de 2008

NAGORNO KARABAGH, HISTORIAS DESDE EL JARDÍN NEGRO

Texto: Marc Morte
Fotos: Elena Senao/Marc Morte

"Desde lo alto del minarete de una de las antiguas mezquitas de Shusha observo el paisaje que se extiende a mis pies: una ciudad devastada, víctima de los estragos de la guerra; de su cuerpo corroído sobresalen antiguas casas de piedra blanca que lloran por su aciago destino, rodeadas de bloques de edificios soviéticos ennegrecidos, en su mayor parte vacíos, todo absorbido por un doloroso silencio. A mis espaldas oigo la voz de Alex que murmura: “Aquí está el resultado de esta guerra, esto es lo que hemos conseguido, una tierra destruida y un país sin futuro. Ojalá pudiéramos volver al pasado y empezar de nuevo...”.

Situado en el tumultuoso Cáucaso, la región de Nagorno Karabagh, que traducido significa el Jardín Negro Montañoso, sigue estancada en una situación de “no-paz, no-guerra” que se ha perpetuado durante los últimos diez años, tras el alto al fuego firmado por Armenia y Azerbaiyán el 12 de mayo de 1994. El inicio de la crisis se fecha en 1988, cuando un grupo de armenios de la región autónoma de Nagorno Karabagh, por aquel entonces dentro de república soviética de Azerbaiyán, se manifestaron en Stepanakert, la capital de Karabagh, pidiendo la unificación con Armenia. Este pequeño paso fue el primero en un largo camino hacia el conflicto armado, que atravesó por estadios intermedios de violencia, incidentes aislados, matanzas a gran escala, hasta llegar finalmente a la guerra que ganaría Armenia, gracias principalmente al apoyo de Rusia en forma de armas y munición, y que dejaría para la posteridad uno de los mayores éxodos de refugiados de la historia de la humanidad. Desde entonces el conflicto ha permanecido estancado, sin llegarse a ningún acuerdo de paz. Ambos gobiernos no parecen dispuestos a ceder un ápice, y los países que conforman el Grupo de Minsk, encargados de presentar un plan de paz viable, siguen sin encontrar el camino que lleve a una paz definitiva.

Vugar, el responsable de la ACNUR en Azerbaiyán nos cita en la sede de Bakú para explicarnos la situación actual de los refugiados de la guerra de Karabagh. “Hay aproximadamente un millón, de los que unos 200.000 provienen de Armenia, y el resto, de los territorios ocupados circundantes a Karabagh; afortunadamente las condiciones han mejorado, en parte gracias a que el gobierno ha tomado conciencia de que debe hacerse cargo de la situación. Bastantes refugiados han sido recolocados en casas de nueva construcción, pero aún quedan muchos que malviven en campos de refugiados o en antiguas instalaciones como hoteles, escuelas o edificios a medio construir. El problema que tiene ahora el gobierno es que ha pasado de ser actual y las llamadas reclamando ayuda a la comunidad internacional ya no sirven. Es verdad que el gobierno está empleando parte del dinero del petróleo en la ayuda a los refugiados, pero sigue siendo necesario la ayuda internacional”. Aunque el asentamiento de los refugiados parezca una claudicación definitiva y la definitiva aceptación de la derrota, la realidad dista mucho de esta idea. “Si preguntas a cualquier miembro del gobierno te dirá que es sólo una situación eventual, que se ha hecho para mejorar las condiciones de vida hasta que puedan volver a los territorios ocupados”. Cuando le pregunto por la resolución de este conflicto se echa hacia atrás y emite un hondo suspiro. “Es muy difícil, todo sigue igual. Kocharian y Aliyev padre tuvieron muchos encuentros, siempre se hablaba de que el acuerdo estaba cercano pero nunca se resolvió. De los tres últimos planes de paz propuestos por el Grupo de Minsk, dos los rechazó Armenia y uno Azerbaiyán. Ahora veremos que sucede con el nuevo presidente, el hijo de Aliyev, pero en todo caso se tiene que llegar a la paz, está situación no puede continuar eternamente o la guerra volverá a estallar; la gente tiene el recuerdo muy vivo, siguen esperando volver sin importarles las dificultades que supondrá, y no aceptarán un no por respuesta”.

A la mañana siguiente un vehículo de la ACNUR nos recoge y recorre los suburbios de la parte norte de la ciudad. Fuad, un hombre de unos sesenta años, miembro de la ONG Hayat de ayuda a los refugiados, nos acompaña. Las calles de los suburbios están mal asfaltadas cuando lo están, e innumerables bloques decadentes de viviendas rodeados de desperdicios se pierden en el horizonte. Nos detenemos frente a unas barracas y un bloque de hormigón sin techo y sin cristales en las ventanas que intenta asemejarse a un edificio. Una gallinas corretean buscando algo que picotear a los pies de dos herrumbrosas grúas que se alzan orgullosas junto al edificio. “Es un dormitorio estudiantil inacabado de la época soviética –nos explica Fuad mientras nos dirigimos a la entrada-. Aquí viven aproximadamente doscientas personas sin agua y gas y con un suministro errático de electricidad. Las casas no tienen lavabo, ni ducha, deben ir a una letrina y limpiarse en barreños, y lo peor es que muchas familias llevan viviendo aquí casi diez años”. Varias mujeres y niños nos miran por los orificios dejados por el hormigón y no tardan en salir al patio frontal.

Javair es la primera que nos invita a entrar en su apartamento. Está bajo el nivel de tierra y consta de una simple y húmeda habitación de poco más de diez metros cuadrados donde viven ella, su marido, y sus tres hijos que nos miran con una tímida sonrisa. “Nosotros vivíamos en Jebrail, en el pueblo de Chalablar. Allí éramos granjeros, teníamos unos pocos animales y un pequeño huerto, pero tuvimos que escapar cuando vimos aparecer al ejército armenio y a los tanques saliendo del bosque. Escapamos entre los disparos que silbaban a nuestro alrededor, yo llevando a mi niña que entonces sólo tenía un año.” Cuando le pregunto si se pudieron llevar algo con ellos me mira sorprendida y se ríe con tristeza. “Sólo pude coger a mi hija y escapar”. Su marido no está, se pasa el día buscando trabajo de cualquier cosa. La mención del retorno le enciende los ojos. “Estoy segura que volveremos, aquí no podemos continuar eternamente, sólo queremos volver.”

Subimos por la escalera de hormigón para adentrarnos en el interior del edificio. No hay barandilla y por las paredes cubiertas de humedad serpentean cables eléctricos con las conexiones desnudas que acostumbran a explotar cuando llueve y el agua se cuela por la parte superior y las ventanas donde tuvo que haber cristales. Llegamos a una habitación si cabe más pequeña que la anterior dónde también viven cinco personas. Amina nos recibe amablemente y nos ofrece un té mientras nos explica su historia con melancolía, incapaz de escapar a los recuerdos del pasado. “Nosotros vivíamos en el pueblo de Merjanle, en la región de Jebrail. En aquel tiempo mi hijo mayor tenía seis meses y escapamos con lo puesto. Primero estuvimos en los campos de refugiados de Sabirabad. Nos vinimos aquí para tratar de encontrar algún trabajo y para escapar de la malaria que se extendía por el campo.” En este tiempo varias mujeres han entrado en la pequeña habitación y se han sentado alrededor de la mesa. Cuando les pregunto si creen que algún día volverán a sus lugares de origen el grito afirmativo es unánime. Les intento explicar las dificultades que supondría: sin agua, ni electricidad, pueblos destruidos, minas,... No sirve para nada, me miran con incredulidad como si todos estos problemas no fueran más que pequeñeces. “Eso no importa –dice una mujer- ¿Acaso aquí mi vida es mejor? No tenemos nada. Allí teníamos la naturaleza, campos, los niños iban a recoger la fruta directamente de los árboles...”. Menciono al odiado enemigo pero me encuentro con palabras de comprensión “Vivíamos en paz –me responde una gruesa mujer-. El pueblo de al lado era armenio y venían a comprar a nuestro pueblo. Antes no había problemas, había amistad. Mi padre y Lucas eran muy amigos. Lucas invitó a mi padre a Yerevan y mi padre a él a nuestra casa. Los armenios también sufrieron. El culpable fue el gobierno armenio; no es posible organizar una guerra de este calibre entre la gente, se necesita un gobierno para prepararla. ¡Ellos fueron los culpables!”

Una mujer me mira con timidez y me pregunta si yo podría tratar de saber el paradero de un familiar que desapareció durante la guerra y del que no han vuelto a saber nada. Miro azorado a Fuad y casi sin pensarlo respondo que lo intentaré pero que es casi imposible que podamos encontrarlo. “Es un primo mío. La última vez que lo vi fue en el pueblo de Abdurahmanli, cuando los armenios atacaron el pueblo. Tenía 22 años, y desde entonces no hemos sabido nada de él”. Los ojos se le han humedecido y en sus iris parece reflejarse la imagen del familiar perdido.

Las mujeres nos invitan a sus pisos, nos muestran techos cargados de humedad, goteras que parecen cascadas, pequeñas habitaciones en las que viven hacinadas cinco o seis personas. En el último piso, una anciana yace enferma bajo unas mantas y pregunta al cielo. “¿Cuándo podré volver a mi tierra? Yo quiero morir allá, pero no me dejan volver.”

Tras un corto trayecto llegamos a la pequeña escuela de refugiados. Sale a recibirnos el director, Arif, un sonriente hombre de piel atezada, también él refugiado de la región de Jebrail donde trabajaba como profesor. La escuela consta de un patio de tierra con unos raquíticos árboles donde hay un container plateado que actúa como oficina para los profesores, y un par de edificios pequeños de una sola planta. Arif nos explica orgulloso las características de su escuela: “La escuela fue construida por las mismas familias ante la ausencia de ayudas por parte del gobierno, y Hayat rehabilitó dos de las siete clases, las destinadas a los más pequeños. El gobierno sólo colabora con los libros, que son gratuitos. Pero lo más importante sigue siento la propia comunidad, una asociación de padres y profesores que contribuyen al funcionamiento de la escuela”. En cada clase a la que entramos los niños y niñas se levantan y nos saludan en inglés. Sus sonrisas son diáfanas, exentas de la melancolía de sus padres y hermanos mayores. La mayoría de ellos nacieron en Bakú. Jamás vieron la tierra de sus padres, las verdes y montañosas regiones sustituidas por los desérticos campos de refugiados.

Azerbaiyán está repleta de refugiados, en hoteles, escuelas, edificios a medio construir o como los que nos dirigimos a ver, aún en los mismos campos de refugiados creados durante la guerra de Karabagh. El coche circula a toda velocidad a través de un paisaje yermo por una carretera repleta de socavones. Sabina, de la Federación Internacional de la Cruz y la Media Luna Roja, nos pone en antecedentes y nos explica la situación. “A pesar de que algunos campos han sido ya desmantelados y los refugiados asentados en nuevos edificios, aún quedan varios campos y los problemas subsisten para los que han sido ya asentados. En los campos se trata de promover la educación, los proyectos agrícolas para que las familias puedan subsistir por si mismas; el gobierno sólo da entre cinco y diez dólares al mes en concepto de pensión, a las viudas con niños se les da dos dólares por niño. Es difícil por no decir imposible vivir con este dinero... Antes éramos nosotros quien les dábamos la comida, pero ahora el gobierno se ha hecho cargo de todo ello”.

Una vez en Sabirabad nos reciben los responsables del campo y nos explican el cuidado que se pone principalmente en la población infantil y los jóvenes. “Los niños que no saben nada o no vivieron la guerra se les explica el porqué están en campos de refugiados; los que por aquel entonces tenían ocho o nueve años pasaron un proceso de rehabilitación psicológica, presentándoles otra visión de la vida. Cuando llegaron los profesores les pidieron que dibujaran lo que quisieran...” Me muestran varios dibujos colgados en la pared. Son estremecedores. ¿Qué nivel de sufrimiento tiene que haber padecido un niño para pintar escenas tan macabras? Balas, sangre, tanques, cabezas cortadas, trazos simples de un niño que explican mejor que mil fotografías el horror de la guerra. “... pero con el tiempo la guerra fue quedando en un segundo plano y los dibujos ya mostraban flores, animales o familias felices. Jamás se les ha intentado inculcar el odio hacia Armenia, se trata sobre todo de explicarles que la guerra es mala para todos. Ellos son nuestro futuro y su corazón no puede estar cargado de odio o los problemas del pasado se repetirán.”

A pocos kilómetros de la ciudad se levanta el campo C1, una ciudad de chabolas, techos de Uralita y casas valladas con juncos. Todo está rodeado de una tierra yerma, polvorienta, un desierto muy diferente a las boscosas montañas de donde provienen los refugiados. Aquí viven unas 8.000 personas que durante cuatro o cinco años vivieron en tiendas de campaña, esperando el ansiado retorno, pero que tuvieron que hacerse a la idea de que pasarían mucho más tiempo del esperado y edificaron precarias construcciones para tratar de llevar una vida más digna. Lo primero que nos muestran son dos pequeño edificios donde la gente joven puede aprender una profesión. En el primero un grupo de chicas trabajan con vetustas maquinas de coser, bajo la atenta mirada de la profesora, también ella una refugiada. En la otra, una chica sentada frente a un espejo es peinada y maquillada con sorprendente pericia por otras tres chicas.

Los responsables del campo nos invitan a visitar la casa de una familia que nos recibe amablemente. La pequeña chabola consta de una sola habitación donde cuelga un póster del oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan, junto a fotos de otras caras famosas como la reina de Inglaterra. “Aquí vivimos ocho personas; la casa esta en muy malas condiciones, tenemos miedo de que se nos caiga encima –me dice Ali enseñándome evidentes grietas y como se mueve el techo al tocar cualquier pared-. Pero no tenemos dinero para repararla”.

La chabola de Shahla es peor si cabe. En una habitación en la que apenas cabe una cama viven ella, su marido y sus seis hijos; en otra habitación adjunta yace su suegra con una enfermedad hepática. “El único problema no es la ausencia de espacio –me explica Sabina-, el aire corrupto de un hogar como este hace que los niños desarrollen problemas pulmonares, y muchos de ellos cuando tengan diecisiete o dieciocho años tendrán asma y otras enfermedades respiratorias”. Las casas se suceden y las familias nos explican sus problemas: letrinas situadas demasiado lejos, el clima desértico, habitaciones que en invierno son neveras y hornos en verano, las enfermedades,... pero siempre la esperanza de volver algún día a su tierra, una chispa en los ojos que se resiste a apagarse tras diez años en una atestada sala de espera. En las polvorientas calles se ve un continuo movimiento: chicas que van a recoger agua en las fuentes que hay esparcidas por el campo, ancianas que lavan la ropa, niños que juegan despreocupadamente, hombres sentados dentro de un contenedor jugando entre risas al dominó, pero sobre todo una hospitalidad que ni el odio ni la guerra han conseguido borrar del corazón de estas gentes.

Una amable familia nos invita a tomar té en su casa. El hogar, tan pequeño y triste como otros, está muy bien cuidado e incluso hay un raquítico huerto en el patio. Valih es un hombre de baja estatura y unos soñadores ojos verdes. A pesar de su pobreza viste pulcro y con cierta elegancia. Valih es de la región de Jebrail, donde era profesor en una escuela técnica. Los recuerdos de lo que sucedió siguen muy vívidos en su memoria, “Los armenios cerraron todas las carreteras para que no pudiéramos escapar y atacaron el pueblo. Mientras escapábamos nos disparaban. Muchas familias murieron. Niños, mujeres, ancianos, no importaba, disparaban sin compasión. Tuvimos que huir a través del río Araz, donde mucha gente murió ahogada al intentar cruzarlo. Una vez en Irán nos dijeron que no podíamos quedarnos y tuvimos que volver a Azerbaiyán. Los armenios mataron a mi cuñado y a mi suegro –me dice señalando un par de fotografías en blanco y negro que presiden la pequeña sala-. Nuestro pueblo quedó destruido y nuestra casa también. Ahora Chahanli ya no existe, nadie vive allí”. La anciana madre de Valih nos mira sonriendo, tiene unos penetrantes ojos azules que parecen tener grabados todos y cada uno de los recuerdos de un pasado robado, extirpado por la absurdidad. “Antes de la guerra había buena relación con los armenios –continua Valih-, pero el conflicto no fue cosa de un día, fue un proceso que duró años. Los azeríes les dimos tierras, ellos se hicieron ricos y entonces pidieron nuestra tierra, pero si Rusia no les hubiera ayudado habrían sido derrotados. Rusia, como no les dimos el petróleo, quisieron dinamitar nuestro país, mientras los americanos nos apoyan a nosotros por su interés en el petróleo. Somos víctimas de la política...” musita Valih en una frase que podría resumir todo el conflicto.

Todos se ponen a hablar, quejándose de los armenios, sólo la madre de Valih, sentada y con la mirada perdida permanece en silencio, sumida en algún lugar del pasado, en algún lugar que difícilmente volverá a ver. Cuando pregunto a Valih por el retorno su gesto abatido cambia, “Claro que queremos volver, es nuestra tierra, quizá no habrá condiciones para vivir, o habrá minas, no importa, volveremos y comenzaremos de nuevo en nuestra tierra, nuestro hogar. Los azeríes somos muy pacientes, confiamos en nuestro presidente, él esta haciendo todo lo posible para resolver el conflicto pacíficamente, pero si no se resuelve por esa vía volveremos igual. Si el presidente llega un día que dice que hemos de luchar, yo y mis dos hijos cogeremos las armas e iremos a luchar”. Siento un escalofrío, es algo más que una fanfarronada, es el grito de guerra de un hombre pacífico y educado. El conflicto de Karabagh es una bomba de relojería que si no se resuelve pacíficamente acabará produciendo un nuevo conflicto armado mucho más sangriento por el odio acumulado de diez años de espera.

Al otro lado de una de las fronteras más impermeables del mundo se halla Nagorno Karabagh y los territorios ocupados por tropas armenias, la tierra por la que Valih, Amina y tantos otros sueñan, y en la que nosotros nos internamos a través de una carretera recién construida con el dinero de la diáspora armenia que la une con la madre patria. El paisaje de Karabagh parece no haber cambiado diez años después de la finalización de la guerra: pueblos destruidos, restos de tanques oxidados, cementerios con miles de mártires a los que se sigue rindiendo homenaje, campos minados y una población sin empleo que empieza a dudar del éxito de la contienda. Aunque Nagorno Karabagh se considere a si mismo un país, con su propia bandera, policía, y un visado especial para visitarlo, nada hacer percatarse de que se está saliendo de Armenia para entrar en otro país, una independencia virtual para desvincular a Armenia de responsabilidades y así no someterla a las presiones de la comunidad internacional. Nada más llegar a Lajchin, el primer pueblo fuera de las fronteras de Armenia, se empiezan a ver las secuelas de la destrucción. Tan sólo algunas casas reconstruidas salpican los fantasmagóricos asentamientos que se alzan entre las montañas hasta llegar a la capital.

Stepanakert es el único lugar donde se ha producido un intenso trabajo de reconstrucción y nada hace percatarse de que aquí haya habido una guerra. Mientras paseamos por las desnudas y silenciosas avenidas una mujer se nos acerca extrañada por la presencia de dos extranjeros. Habla un ruso perfecto y tiene unos modales refinados. Tras las primeras preguntas de cortesía me explica su historia. “Yo era de Bakú y vine hace quince años, cuando empezó todo. No me gusta este lugar, no me gusta la gente de aquí, son rudos, desconfiados, además aquí no hay trabajo, no hay cultura, ni teatros, ni cines, nada. Bakú era una ciudad preciosa, y vivíamos en paz, yo trabajaba como traductora y mi marido era ingeniero, teníamos amigos azeríes y armenios y no había ningún problema, pero entonces... empezó todo. No fueron los azeríes de Azerbaiyán los que comenzaron a increparnos, eran los azeríes que habían sido expulsados de Armenia. Lanzaban cócteles molotov a nuestras casas y nos vimos obligados a huir”. Cuando le digo que estuve en Bakú se le encienden los ojos, me pregunta por la ciudad, por su ciudad, ¿cómo está?, ¿os gustó?, ¿visteis el mar?,... Nunca podrá adaptarse a este lugar remoto, tan lejano de la cosmopolita Bakú, de su ciudad, la que se vio obligada a dejar, junto a otros 350.000 armenios que vivían en Azerbaiyán. De vuelta a la casa dónde nos alojamos charlo un rato con Zela mientras selecciona pipas tostadas. Es una mujer viuda de setenta años que vive sola. “Antes había trabajo, fábricas, pero ahora no hay nada, tras la guerra todo quedó destruido. Yo apenas gano 20 euros al mes vendiendo pipas, huevos y algo de ropa, de los que 10 se me van en agua, gas y electricidad. ¿De qué sirvió esta absurda guerra?”.

Susha, la antigua capital azerí de Karabagh, es un lugar fantasmagórico, una ciudad casi totalmente destruida donde aún sigue viviendo gente, muchos de ellos refugiados armenios provenientes de ciudades azeríes. Las calles están jalonadas por ruinas, grandes edificios vacíos, chatarra, viejos tanques, tan sólo la iglesia ha sido reconstruida y brilla con altivez sobre el resto de la ciudad. En la parte baja aún se alzan, en ruinas, dos bellas mezquitas azeríes, con sus altos minaretes aún oteando por encima de la destrucción. Cerca de las mezquitas entablamos conversación con Alex. Pasea con su hija entre las ruinas. Viste con ropas viejas y raídas, y le faltan gran parte de los dientes. “Yo no soy de aquí –me explica con nostalgia-, vivíamos con mi mujer en Fizuli (en los territorios ocupados), pero tuvimos que huir por la guerra y nos asentamos aquí. Allá trabajaba, aquí vivimos de lo poco que nos da el gobierno o de alguna ayuda eventual, no hay trabajo, no hay nada”. Su hija, con un gracioso lazo rosa recogiendo su pelo nos mira con timidez. “Ella nació aquí, y sólo ha visto esto, pero nosotros vivimos tiempos felices en Fizuli, ahora Fizuli no existe, sólo hay soldados armenios, es una gran ciudad destruida, minada, donde ya nadie puede vivir”. Cuando al despedirnos intento darle algo para ayudarlo lo rechaza, a pesar de su pobreza conserva su dignidad, que ni tan siquiera la guerra ha sido capaz de destruir.

Esa misma noche, sentado en un lúgubre café con una triste música rusa de fondo veo pasar ante mis ojos las ruinas de Karabagh, pero sobre todo vienen a mi mente una a una las caras de las víctimas de esta guerra que ni siquiera diez años después ha cicatrizado, una guerra donde todos hablan de la convivencia pacífica entre dos culturas y que llevadas por el poder lucharon a muerte condenándose al odio y a la guerra. Un conflicto enquistado que corre el peligro de explotar de nuevo si no se llega a un acuerdo, y aumentar más aún la inestabilidad de una región de suma importancia geopolítica por sus importantes recursos energéticos. Difícilmente se podrá volver al pasado como deseaba Alex, ya nada volverá a ser como antes.

( Articulo publicado en el dominical del AVUI en 2005)

viernes, 28 de diciembre de 2007

ARAL, EL NAUFRAGIO DE UN MAR




Texto: Marc Morte

Fotos: Elena Senao/Marc Morte

“Lo recuerdo perfectamente, aquí mismo fue donde mi padre me enseño a nadar”, me explica Zharas señalando a un impreciso lugar delante nuestro. Miro siguiendo la dirección que me indica: el viento sopla a través de una estepa infinita barriendo la arena y la sal que se extienden hasta donde alcanza la vista rodeando la antigua ciudad pesquera de Moynak; enormes barcos varados son lentamente devorados por las arenas de este nuevo desierto, donde antes resplandecían las cristalinas aguas del Mar de Aral, donde Zharas aprendió a nadar en su infancia.

Hace apenas cuatro décadas el Mar de Aral era la cuarta superficie de agua dulce en la tierra, un enorme lago encerrado en las legendarias tierras de Asia Central, alimentado por el Amu-Darya y el Syr-Darya, los antiguos Oxus y Jaxartes. Sus orillas, antes apenas habitadas, habían sido colonizadas lentamente desde la conquista rusa en el siglo XIX tanto por kazajos y karakalpakos oriundos del lugar, como por pioneros rusos y cosacos provenientes de la lejana Madre Rusia. La zona gozaba de uno de los mejores climas de Asia Central; el mar actuaba como un regulador del clima, templando los fríos vientos provenientes de Siberia que recorren las estepas y refrescando los calurosos veranos.

En los primeros años de la URSS, Lenin reclamó todo el esfuerzo posible de los pescadores del Mar de Aral para salvar a Ucrania y la Rusia europea de una hambruna que azotaba a la población. Se enviaron ingentes cantidades de pesca que salvaron miles de vidas. En la sala de espera de la estación de ferrocarril de Aralsk (Kazajstán), un mosaico conmemora este episodio que demostraba el triunfo del comunismo y el amor entre los pueblos, cuando una inocente URSS daba sus primeros pasos y aún no se había convertido en la despiadada máquina que devoraría a sus propios hijos.

Todo este bucólico escenario llegó a su fin con la decisión tomada en los despachos del Kremlin en la década de los cincuenta, de convertir las desérticas tierras de Asia Central en un inmenso campo de algodón que alimentara la cada vez más hambrienta industria textil de la Rusia europea. El experimento soviético iniciaba una nueva prueba, la del control absoluto de la naturaleza. Miles de personas emprendieron faraónicos trabajos y excavaron cientos de canales que extraían el agua del Amu-Darya, el Syr-Darya, y sus afluentes, para ser transportada a cientos de kilómetros de distancia a través de desiertos, oasis y estepas. El algodón, un cultivo de regadío intensivo, demandaba cada vez más agua, y mientras nuevos canales surgían de la nada, los ríos fueron perdiendo su cauce mientras los campos de algodón se multiplicaban y las antes desérticas tierras pasaban a ser un vergel.

Los efectos de estas decisiones no tardaron en dejarse sentir. A principios de la década de los sesenta la orilla del mar inició su retirada, para consternación de los habitantes que veían como el mar de su niñez desaparecía en el horizonte. Pero a pesar de la disminución del volumen de pesca la riqueza fluía a la región gracias a los inmensos cultivos de algodón y a las subvenciones provenientes de Moscú. Se intentaron mantener canales abiertos hasta la orilla para continuar con la pesca mientras la tierra iba tomando el inequívoco color blanco de la sal, pero a principios de los ochenta los habitantes tuvieron que darse por vencidos y la pesca se detuvo definitivamente.

¿Fue la decisión de secar el Mar de Aral premeditada? ¿Sabían los tecnócratas soviéticos los efectos medioambientales y humanitarios que conllevaría el desangramiento de los ríos? Se cree que la desecación del mar estaba prevista, pero lo que no se tuvo en cuenta fueron las consecuencias de este desastre medioambiental: un brusco cambio climático con inviernos más fríos, veranos más cálidos, y la presencia periódica de tormentas de arena; la desaparición de todas las especies autóctonas de peces, y de gran parte de los mamíferos y aves que antes poblaban este rico ecosistema; la salinización del antiguo lecho del mar y de las tierras donde se había plantado algodón, pero por encima de todo un drama humano de dimensiones catastróficas.

Toda este tragedia, que permaneció celosamente escondida por las autoridades soviéticas, explotó junto al sueño comunista. Los subsidios que sostenían la zona se secaron junto al Mar de Aral y los problemas para unos lugares no preparados para la independencia emergieron como lo habían hecho antes las sales del subsuelo.

Hoy el Mar de Aral es una sombra de lo que fuera, en apenas cuarenta años ha perdido el 60% de su área y el 80% de su volumen. En 1990 el Mar de Aral se dividió en dos, creando el Gran Mar de Aral al sur y el Pequeño Mar de Aral al norte, y se espera que en los próximos años el Gran Mar de Aral se divida a su vez en un mar del este y uno del oeste. Aunque la respuesta de los expertos del Servicio Hidro-Meteorológico de Uzbekistán es clara: “nadie lo sabe”, muchos creen que hacia el 2015 el Gran Mar de Aral habrá desaparecido, convertido en una serie de pequeños cuerpos de agua salada alimentados por la lluvia, aguas subterráneas y la ocasional llegada de agua del Amu-Darya.

El panorama es desolador en Aralsk, una pobre y polvorienta ciudad, antaño el segundo puerto del Mar de Aral, y hoy a cincuenta kilómetros de la orilla, donde las instalaciones portuarias permanecen congeladas en el tiempo. Enormes grúas de fauces abiertas esperan indolentes la llegada de nuevas capturas mientras los barcos varados son objetos de juego para los niños de la ciudad. Mientras caminamos por entre las ruinas soviéticas, Azamat, un chico kazajo de veinte años, me explica su vida: “Yo ya no pude ver el mar bañando la ciudad. Cuando nací el mar ya se había retirado, pero mis padres y mi abuela siempre hablan de ellos”. Llegamos frente a un barco donde un grupo de niños juega al escondite, desconocedores de que ese pedazo de metal oxidado que para ellos no es más que un objeto de sus juegos, surcara antaño las aguas de un mar. “Yo también jugaba en los barcos con mis amigos cuando era pequeño. Después de que el mar se retirara se reutilizaban los barcos para hacer vagones de tren, por eso ahora no hay tantos, pero tras la caída de la URSS incluso esta industria desapareció. Aquí ya no hay trabajo, no hay nada que hacer. Yo he aprendido inglés y alemán con libros que he comprado en el bazar, y ahora me gustaría aprender español. Espero algún día poder emigrar e ir a trabajar a Estados Unidos o Europa”. Me habla con la mirada perdida, como si supiera lo quimérico de su sueño, pero es lo único que nadie podrá robarle.

La situación es peor al otro lado de la frontera; Moynak, el que fuera el mayor puerto pesquero del Mar de Aral, está hoy situado a ciento cincuenta kilómetros de la actual orilla, en Karakalpakstán, una extraña y mal definida república en el extremo norte de la República de Uzbekistán. Paseando por las fantasmagóricas calles, rodeado de un escenario post-apocalíptico, observo los despojos de un pasado próspero: cines abandonados frente a los que pastan reses, fábricas cerradas que van convirtiéndose en polvo, tiendas con estantes huérfanos de productos, hospitales tercermundistas en un lugar que siempre estuvo orgulloso de su sistema sanitario, un desempleo casi absoluto, casas desmanteladas, y una población que se debate entre huir hacia ninguna parte o refugiarse en los recuerdos de un tiempo mejor en el que no faltaba de nada.

“¿Por qué habéis venido aquí?” nos interpela un hombre de unos sesenta años con la mirada vidriosa, “aquí ya no hay nada que ver, hace años sí, era un lugar precioso, esto era una península y el mar nos rodeaba por todos los lados, pero ahora... Ahora no hay nada”. Sus ojos velados por el alcohol evocan imágenes de un tiempo pasado, perdidas para siempre.

Los pescadores que antes surcaban las aguas en sus embarcaciones ahora deben procurarse la subsistencia en contaminados canales y lagos artificiales donde algunos peces flotan muertos en la superficie. Acompañamos a un grupo de pescadores a primera hora de la mañana a un lago a varios kilómetros de la ciudad a través de barrizales. Son tanto hombres, como niños que aprovechan los fines de semana y los ratos libres para procurar un sustento a la familia; todos van armados con tridentes, redes y sacos. Uno de ellos me explica “Mi padre era pescador, y cuando yo era joven le acompañaba a pescar. Trabajé durante un tiempo en un barco pesquero, pero el agua se alejaba a cada año que pasaba, hasta que hubo un día que tuvimos que rendirnos y limitarnos a pescar en canales y lagos; incluso cuando se retiró el mar, aunque no pudieras salir a pescar, siempre había trabajo, siempre había de todo, pero ahora nuestra única fuente de subsistencia es esto”, me dice señalando el tridente y el saco, “Afortunadamente este año ha llegado el agua, pero hay años en que los canales están secos y apenas llega el agua para beber. ¿Que haremos si el agua no llega el año que viene?” Preguntas lanzadas al aire que las tormentas que azotan periódicamente la ciudad se llevarán para perderse en el desierto.

El territorio que circunda el antiguo lecho del mar y el antaño rico delta del Amu-Darya es ahora un vertedero de residuos químicos salpicado por raquíticos campos de algodón que constituyen la única riqueza de la región, pero incluso esto ahora corre peligro de desaparecer: “Llevo toda mi vida trabajando en los campos de algodón, y a cada año que pasa las plantas son más pequeñas, los campos se reducen. Cuando era joven recogíamos mucho más, pero ahora...”, me explica Nargiza junto con otras compañeras. “Cobramos poco, unos 40 sum (cinco céntimos de euro) por cada kilo de algodón recogido, pero es ya lo único que tenemos aquí, si la producción sigue descendiendo en pocos años no habrá nada”. El algodón trajo mucha riqueza a esta región, pero las tierras ganadas al desierto no estaban preparadas para albergar cultivos tan agresivos y se dio inicio al proceso de salinización de la tierra; las sales escondidas en el subsuelo afloraron y fueron cubriendo la superficie, los cauces secos de los ríos y el antiguo lecho del mar, mezclándose con los restos de fertilizantes, pesticidas y defoliantes usados indiscriminadamente durante décadas en los campos de algodón, y que eran arrastrados hasta el curso bajo del río, creando un caldo tóxico donde ya apenas nada puede cultivarse.

Esta elevada presencia de sustancias contaminantes ha sido la causa del aumento exponencial de enfermedades antes minoritarias que han acabado con la vida de miles de personas. “La situación en toda el área que rodea el antiguo lecho del mar de Aral es grave, pero particularmente en Karakalpakstán”, me explica Anthony Kolb, coordinador de operaciones de Médicos Sin Fronteras en Uzbekistán, “las tormentas de arena arrastran este polvo altamente tóxico que es respirado, comido y bebido por los habitantes. Una de los datos más estremecedores es que el 50% de las muertes están relacionados con causas respiratorias; hay muchos cánceres de esófago, de pulmón,... Pero desgraciadamente las consecuencias de esta arena tóxica son innumerables: asma, alergias, malformaciones, desordenes inmunológicos. Por ejemplo, sólo piensa que Karakalpakstán tiene el mayor índice de mortalidad infantil en todos los antiguos territorios de la URSS, con un 75 por 1.000. Se hicieron estudios en el año 2000 en los alimentos y el agua que bebe la población y se encontraron, además de niveles importantes de pesticidas como el DDT, altos niveles de dioxinas, que se sabe que tienen efectos tales como cánceres y daños en el sistema nervioso y reproductivo”

A todo ello ha venido a sumarse una situación epidémica de tuberculosis, especialmente en Karakalpakstán, que el gobierno de Uzbekistán, con la ayuda de Médicos Sin Fronteras, trata de detener. “La causa principal de este brote de tuberculosis ha sido el aumento de la pobreza tras la desaparición de la URSS y el hundimiento del sistema sanitario”, nos explica Anthony Kolb. “El gobierno de Uzbekistán reconoció hace pocos años la existencia de tuberculosis; muchas vidas se hubieran salvado si se hubieran tomado las medidas necesarias con anterioridad. Al menos tras varios años actuando en la zona hemos conseguido controlar la epidemia y el índice anual de nuevos casos se ha estabilizado; alcanzamos un acuerdo con el Banco alemán KfW que se ha hecho cargo de la financiación de los medicamentos para la tuberculosis, pero el contrato que conseguimos expira a finales del 2005”. “¿Y que sucederá cuando acabe?”, pregunto esperando oír nuevos planes de futuro. No encuentro respuesta, tan sólo una mirada de resignación, un gesto que me explica que entonces deberán buscar nuevas ayudas. Sin los medicamentos necesarios la tuberculosis se convertirá en una pandemia que podría sesgar las vidas de miles de personas.

El dispensario de tuberculosis de Moynak es un lugar desolador. Un par de chicas con la vista perdida están en cuclillas en el patio frente a un pozo que es la única fuente de agua del hospital. Ni siquiera levantan la mirada cuando entramos. Unas cuantas habitaciones lúgubres albergan a unos enfermos que esperan poder salir algún día; pasan el día sentados o estirados en sus camas sin ningún entretenimiento, viendo pasar el tiempo a su alrededor que aquí parece solidificarse. El tratamiento requiere que permanezcan durante tres meses encerrados en este lugar de depresión, en el mejor de los casos, pues como nos explica Aida, la enfermera que nos guía por las dependencias del hospital, “la mortalidad es muy alta. Mucha gente que entra ya no tiene esperanzas de salir con vida de este lugar”. El motivo de esta alta mortalidad están en factores culturales y de educación, “la enfermedad es un estigma, y la gente que lo padece lo intenta esconder hasta que es demasiado tarde, muchos de los que acuden al hospital se hallan en un estado avanzado y ya no se puede hacer nada por ellos”.

En el hospital sólo trabaja un médico, el doctor Raimov, que tiene previsto jubilarse en dos años. “No sabemos si cuando se jubile vendrá alguien, no sabemos nada, nadie nos dice nada”, continua Aida. “Estamos abandonados, yo no cobro desde febrero -estamos en septiembre-, pero las familias me traen algo de arroz, pescado, y así puedo sobrevivir. Al menos tengo trabajo, hay gente que sólo puede pasar el día recordando los viejos tiempos. Pero al menos ahora la situación es mejor, hace unos años no teníamos mascaras, ni medicamentos suficientes, ni siquiera un laboratorio para hacer los análisis”.

El coordinador de MSF ya nos había advertido de la situación laboral del personal sanitario. “Los sueldos de los profesionales médicos son muy bajos y cuando el gobierno tiene problemas económicos ni siquiera los paga: un doctor puede cobrar unos veinte euros al mes y una enfermera diez, en un país en el que, al contrario de África, el coste de vida es relativamente alto. Toda esta crisis ha llevado a que muchos profesionales hayan huido de la zona dejando un déficit de plazas; en Moynak por ejemplo sólo 22 de las 64 plazas están cubiertas. Además, muchas veces la formación del personal médico no es buena o sus conocimientos están obsoletos; hemos tenido que reeducar a médicos y enfermeras e implementar los protocolos internacionales para evitar más contagios y disminuir la mortalidad en los hospitales”

Las cifras del estado hablan de 89 nuevos casos por cada 100.000 habitantes cada año en Karakalpakstan, pero como nos dice Anthony Kolb, “estás cifras son del estado y no son en absoluto fiables, pero son las únicas de que disponemos”, y lo que es peor, un 13% de los nuevos pacientes padecen tuberculosis multiresistente, el porcentaje más alto del mundo. “Una de las causas de este elevado índice es la automedicación; la gente aquí tiene costumbre de ir al bazar a comprar medicinas contra la tuberculosis, las toman un tiempo y cuando se sienten mejor las dejan, lo que ha incrementado la resistencia de las bacterias a los fármacos. Además, muchos enfermos no seguían las indicaciones de los médicos cuando dejaban el hospital, es por ellos que iniciamos un programa llamado DOTS que requiere un seguimiento continuo del enfermo y en el que la medicación es suministrada por el hospital directamente”. La alta incidencia de esta nueva forma de la enfermedad requiere nuevas medicinas de segunda generación de precio elevado que actualmente están siendo probadas por Médicos sin Fronteras en un hospital en las afueras de Nukus.

Es difícil percibir una esperanza entre tanta devastación. Tanto en Kazajstán como en Uzbekistán muchos son los que se han visto obligados a emigrar durante los últimos años, en busca de un presente robado; son una nueva clase de refugiados, los medioambientales. En la conferencia de Ginebra que sostuvieron en 1996 las antiguas repúblicas soviéticas se estimó que el número de gentes desplazadas por el desastre del Mar de Aral durante las décadas ochenta y noventa, habían sido más de cien mil, y se estima que cada año abandonan la región una media de tres mil personas hacia otras regiones más ricas de Uzbekistán o Kazajstán, o a Rusia.

Los sueños de la población de ver de nuevo algún día el mar de su niñez se desvanecieron hace demasiado tiempo. La restauración del Mar de Aral a su nivel originario ha dejado de ser un objetivo para los gobiernos de la región ya que ello supondría la reducción de los campos de algodón y el cambio a nuevos cultivos que requirieran menos agua, pero estas actuaciones tendrían unas consecuencias sociales, políticas y económicas para las que los gobiernos no están preparados, como es el caso de Uzbekistán que sustenta su economía en el preciado oro blanco del cual extrae el 50% de los beneficios en la exportación. Actualmente los esfuerzos están centrados en preservar el delta del Amu-Darya, mejorar el paupérrimo suministro de agua potable y controlar la epidemia de tuberculosis.

Para encontrar un lugar en que la esperanza haya renacido se ha de viajar a Kazajstán, a orillas del Pequeño Mar de Aral, donde a pesar de que los problemas subsisten y el panorama es desolador, el futuro se presenta más diáfano gracias a varias iniciativas promovidas por la UNDP, el Gobierno de Kazajstán y otras ONG extranjeras, pero sobre todo a la construcción de una presa financiada por el Banco Mundial que detendrá el flujo de agua que se pierde en dirección al Gran Mar de Aral.

El ingeniero jefe nos explica que: “los trabajos se iniciaron en agosto y se prolongarán durante dos años y un tercero de pruebas. Está previsto que la presa tenga doce kilómetros de longitud y nueve de ancho, y detenga así el agua que se pierde para acabarse evaporando en el Gran Mar de Aral”. Anteriormente, los habitantes de la pequeña población de Karatere habían construido una rudimentaria presa que permitió que el mar se acercara de nuevo, pero la presa fue destruida por las tormentas de arena y el agua volvió a retroceder.

En las cercanías de Tastiobek se encuentra la actual orilla del mar. Pequeñas barcas de fibra de vidrio esperan al invierno cuando los pescadores volverán a su tarea, durante la cual vivirán en tiendas y barracas hasta que finalice la temporada de pesca. La promotora de la reactivación de la industria pesquera ha sido la ONG danesa/kazaja Aral Tenizi. Zhannat Makhambetova nos cuenta como inició todo: “Empezamos nuestro proyecto en 1994, con el objetivo de enseñar la pesca de bajío y traer el equipo para este tipo de industria pesquera. Tras la desaparición de las especies autóctonas debido a la salinidad del agua, en 1979 las autoridades soviéticas introdujeron nuevas especies que podían vivir en el nuevo entorno, sobre todo peces planos como el Kambala Glossa que se adaptaban a esta agua; pero los pescadores de la zona, acostumbrados a especies que habitan en la superficie, ni sabían nada sobre la pesca de bajío ni tenían el material necesario. Desde 1994 hemos promovido intercambios, en los que pescadores de la región fueron a Dinamarca para aprender como utilizar métodos de pesca apropiados, se ha impulsado la creación de cooperativas, se ha invertido en nuevos equipamientos, y así paso a paso hasta aumentar el número de toneladas capturadas cada año”. El retorno del mar a muchas de estas poblaciones puede suponer el espaldarazo definitivo para devolver la confianza a la población. “La gente está muy animada, por primera vez en muchos años ven el futuro con optimismo. Si la industria pesquera sigue prosperando como lo ha ido haciendo, y además se mejora el suministro de agua potable se reducirán muchas de las enfermedades que padece la población”.

En Moynak, y en toda la provincia de Karakalpakstán el futuro es descorazonador, con un mar condenado a desaparecer, una grave situación sanitaria y los cultivos de algodón descendiendo a cada año que pasa. Esta falta de esperanzas se refleja en los ojos de los habitantes, teñidos de tristeza y melancolía; sólo una acción conjunta del Gobierno de Uzbekistán y la comunidad internacional, con importantes inversiones en la zona enmarcadas en un programa a largo plazo de desarrollo sostenible, podrán revertir la situación y devolver la esperanza a una población desheredada.

En la región del Mar de Aral en Kazajstán se otea el horizonte en busca de un mar que volverá para ser de nuevo acompañado por las risas de los niños nadando y los gritos de los pescadores partiendo en busca de capturas. Como nos decía Azamat con una tímida sonrisa cuando hablábamos sobre la nueva presa con una tímida sonrisa: “Quizá dentro de diez años veré el mar bañando la ciudad, tal y como lo vieron mis padres y mis abuelos, y podré aprender finalmente a nadar”.

(Publicado en el Pais Semanal en 2004)

domingo, 7 de octubre de 2007

Estambul: El inicio de una nueva vida


Verano de 1999: Mi primer viaje a Estambul, mi primer encuentro con esta maravillosa ciudad donde Europa y Asia se dan la mano, donde me doy cuenta de que el viaje mas importante de todos los viajes es nuestra propia vida, un viaje donde no importa el destino sino las experiencias que te enriquecen en su transcurso, como Kavafis en su poema : disfrutemos del camino hacia nuestra Itaca.
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Summer 1999: My first trip to Istanbul, my first encounter with this wonderful city where Europe and Asia come together, where I realize that the most important trip of all trips is our life, a journey where it doesn't matter the destiny but the experiences and knoweledge that will enrich its course. As in Kavafi's poem: let's enjoy the way to our Ithaca.